Con la entrega anoche en Los Ángeles de los premios Óscar 2026, en la que fue su 98 edición, se cerró un ciclo más de cine, quizá el último de una era en Hollywood (ese lugar en eterna destrucción)...

Esto pues el estudio que se llevó el mayor número de nominaciones y los máximos honores, Warner Brothers. (exceptuando algunos premios técnicos de Frankenstein y F1, arrasó en la noche con largometrajes OBAA, Sinners y Weapons), será absorbido por el conglomerado Paramount/Skydance, de tendencia ultraderechista. Y sabemos qué cine nace de ahí...

Probablemente, como sucede tantas veces en nuestros tiempos, WB sea desmontado en su espíritu, paso a paso, despido a despido, reestructuración a reestructuración, hasta dejar solo un nombre, un logo y la memoria frágil de lo que alguna vez fue. Paramount no recibió nominaciones a los Óscar. Y en ese marco desolador parece que la única empresa que puede hacerle frente, Netflix, aprecia el cine pero no tanto así a las salas de exhibición. ¿Entre la espada y la pared?
Quizá, pero mientras se materializan estas complejas perspectivas, es necesario anotar que fue un año de grandes películas. Eso se supo desde antes de la ceremonia. Y de ese gran cine aún se puede disfrutar.

Empecemos por el principio. De las 13 predicciones que aventuramos sobre lo que sería la entrega de premios Óscar 2026, acertamos 10 en Arcadia, lo cual no está nada mal (no siempre se supera el 75% de efectividad).
Relativamente temprano en la noche, en un premio nuevo como lo era el óscar a mejor casting, se supo de qué lado caerían las tendencias. Si Sinners iba a dar el batacazo en la noche, sería desde ahí, pero no lo fue. Cassandra Kulukundis, de OBAA se llevó ese premio para el equipo de Paul Thomas Anderson en gran virtud de encontrar a Chase Infinity para interpretar a un personaje clave: Willa. Desde ahí, esta producción pareció asegurar las estatuillas pesadas a las que aspiraba: mejor director, mejor guion adaptado, mejor película.

Como lo mencionamos en nuestra previa, todos estos fueron premios a la película, pero, sobre todo, a la trayectoria de Paul Thomas Anderson (PTA), quien desde finales del siglo pasado entrega obras en su código, con fluctuantes niveles de profundidad. Entre ellas, mínimo tres enormes películas. Para muchos, There Will be Blood debió merecerle el Óscar en 2008, pero lo perdió ante No Country for Old Men de los hermanos Coen... y difícil en ese marco discutir.

Hablando de esa enorme película y de su inolvidable villano, el actor que le vio vida, Javier Bardem, fue el único que se atrevió a mencionar a Palestina en la ceremonia y a oponerse directamente a la guerra. El presentador Conan O’Brien hizo referencias obvias a Donald Trump, sin nombrarlo, así como Jimmy Kimmel. Y si bien Paul Thomas Anderson habló de escribir esta película pensando en sus hijos, en pedirles perdón por el reguero que dejaron, no hubo llamados a la revolución.
Bueno, vale anotar el gran discurso del merecido ganador a mejor película extranjera, Joachim Trier (con quien hablamos), por su fantástica Sentimental Value. A través de palabras del icónico escritor afroestadounidense James Baldwin, el director noruego destacó la importancia de estar del lado de la gente que apoya y protege a los niños. En tiempos de echarle tierra encima a los implicados en la red de Jeffrey Epstein, no son palabra leves.

La revolución, si se quiere, vino del lado de Sinners, que llegó como las más nominada de la historia y ganó un premio por cada cuatro nominaciones, es decir, cuatro premios óscar muy significativos. Uno significó el primero para su director Ryan Coogler, a mejor guion original; otro rompió una racha de 97 años consecutivos, con Autumn Durald Arkapaw, la primera mujer en la historia de la entrega en llevarse el premio (le pidió a todas las mujeres en el recito ponerse de pie, en símbolo de agradecimiento y participación). Sinners también le significó otro Óscar al fenómeno de las bandas sonoras Ludwig Göransson (tercero en cinco nominaciones) y, ante todo, coronó el doble papel de Michael B. Jordan, quien interpretó a los hermanos Smoke y Stack, a quien consagró como mejor actor.

Del otro lado de ese merecido triunfo, Timothée Chalamet, quien vio su posibilidad de ganar el premio a mejor actor esfumarse luego de una agresiva campaña. Para su infortunio, esta lo vio quizá hablar de más, dejando una impresión de que su personaje en la frenética Marty Supreme era menos logrado de lo que parecía. Claramente, el joven de amplia trayectoria entregó un rol potente en la que es una película valiosa. Simplemente, el ajedrez no lo favoreció este año. Del otro lado del espectro un favorecido que no se hizo presente: Sean Penn, quien ganó el óscar a mejor actor secundario por su rol del Lt. Lockjaw en OBAA pero no lo recogió. Hubiera sido hermoso ver a Delroy Lindo, a Benicio el Toro o al gran Wagner Moura alzarse con ese triunfo.
En lo que a mejor actriz respecta, era el óscar más cantado de la noche: Jessie Buckley ganó el premio por su rol de Agnes en Hamnet, para sorpresa de nadie. Merecida confirmación de un enorme rol para la irlandesa, que mejora todo lo que asume. Amy Madigan, tras una trayectoria de décadas fue reconocida como mejor actriz de reparto por la aterradora tía Gladys de Weapons (en una categoría disputadísima).


Netflix y Guillermo del Toro sacaron pecho con los logros técnicos de su Frankenstein, en vestuario, en maquillaje, todos merecidos. El premio a mejor sonido lo ganó F1, si bien, para nosotros, era un premio que merecía de lejos Sirat.
En la categoría documental se premió a Mr. Nobody Against Putin, una mirada sobre el adoctrinamiento de la Rusia de Putin, por miradas a la demencia alimentada por dentro de Estados Unidos como The Perfect Neighbor. Los discursos de los ganadores David Borenstein y Pavel Talankin fueron valiosos. Borenstein habló de Rusia pero hizo eco en Estado Unidos desde la tolerancia a pequeños hechos que terminan por constituir la debacle social, la ceguera colectiva.
Altas y bajas
A O’Brien no le fue mal presentando. Entregó chistes inteligentes y sketches en su mayoría bien logrados, si bien exigían haber visto las películas Weapons y One Battle After Another para su comprensión.

En ciertos años, los diálogos entre presentadores de premios se sienten mejor planeados, mejor escritos, pero este no fue uno de esos años. Ese fue el peor aspecto de la ceremonia, que además volvió a pecar de cortarle el micrófono a ganadores de Corea, a punto de hablar a su país entero, dejando a otras figuras perder el tiempo.
¿Lo bueno? La genial interpretación de la canción “I Lied to You” de la pelicula Sinners, en ejecución central de Myles Caton, tal como en la pantalla grande. Recrear en tarima la escena icónica no era tarea fácil pero el esfuerzo valió la pena. Fue una réplica emocionante que sumó además a íconos como Brittany Howard y la bailarina de ballet Misty Copeland, quien salió del retiro para bailar ante la mirada de Timothée Chalamet (quien se metió al agua caliente hace poco al describir a la ópera y ballet como artes casi muertas y provocar indignaciones por todo el mundo).

Otro lado sentido y valioso de la ceremonia vino de un In Memoriam extendido, en un año en el que mucho talento icónico se despidió. En principio, por medio de Billy Cristal, se miró al legado de Rob Reiner; luego Rachel McAdams destacó a dos irremplazables, Catherine O’Hara y a Diane Keaton. Por último, Barbra Streisand exaltó la huella de Robert Redford. Y en el medio, decenas de nombres que sumaron esfuerzo y sueños a esta industria de impacto global.
Así pues, entre la constante mirada al legado del pasado y la amenaza de la IA y un futuro incierto, Hollywood sigue adelante, filmando donde puede, como puede (usualmente, por fuera de Hollywood). En un marco cambiante e incierto, con estrenos de Spielberg y Nolan, entre muchos otros, ojalá el 2027 nos permita hablar de grandes nominaciones y cine, mucho cine...
